En Roma prevaleció la pretensión del dominio sobre la naturaleza que hoy en día se ha traducido en el concepto de ingeniería, sin embargo, en el Medievo, San Alberto Magno o San Francisco de Asís propugnan una visión naturalista de la Creación.
Llega el siglo XIX y Darwin establece la relación entre los seres vivos y el medio.
En el siglo XX se suceden las dos grandes guerras con consecuencias desastrosas, y en los cincuenta algunos científicos comienzan a dar la voz de alarma, sobre las consecuencias medioambientales de la fuerte industrialización contaminante.
En los sesenta un movimento popular los hippies reclaman una vuelta al respeto de la naturaleza y el planeta.
La Iglesia permanece callada durante este período y acepta totalmente los postulados Liberales para combatir al comismo. En Europa el prestigio de los técnicos o ingenieros supera al de los naturalistas o científicos, hasta el punto que los primeros superan en sueldo y en oportunidades laborales en la administración pública.
En los ochenta sucede un caso extremo: se descubre la destrucción de la capa de ozono sin la cual los seres humanos no podrían vivir... ¡alarma! Comienza la concienciación social a nivel mundial del problema, la comunidad científica es unánime y los estados comienzan a incluir políticas medioambientales y se buscan alternativas a los hidrocarburos de manera seria (en parte debído a la crísis del petróleo).
En la primera década del siglo XXI Benedicto XVI aclara que contaminar el planeta es un pecado.
Ante las continuas manifestaciones de la naturaleza, algunos ven su ira en crecientes fenómenos naturales que ocasionan grandes desastres; Tsunamis, terremotos, volcanes o incluso asteroides, que en la antigüedad acabaron y asolaron a civilizaciones enteras. Quizá estemos provocando a los dioses y la ira de la naturaleza sea su expresión, como respuesta al desprecio que hacemos al regalo que es la Tierra y desde el Olimpo responden enfurecidos...
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